En ocasiones soy cursi...

... aunque no me quejo de los resultados. Aquí podéis leer un micro mío que ha quedado finalista en este concurso. Ya sé que prometí actualizar más a menudo, ¡pero las cañas después del trabajo son ineludibles!

Regreso

"Mamá dice que soy demasiado mayor para jugar contigo", susurró el niño al hombre vestido de azul. Éste sacudió la cabeza y apartó la capa a un lado para que el pequeño se sentara junto a él. "Tu madre sólo intenta protegerte", respondió. El niño hizo un mohín de disgusto. "También dice que debo buscarme amigos reales, que tú sólo estás en mi imaginación". El hombre de azul se atusó el bigote, sonriendo. "Eso es porque le has contado lo de mi traje de Superman, hijo". El pequeño se frotó los ojos, tratando de contener el llanto. "Es que no me gustaba el que llevabas en aquella caja, era negro y muy feo. Le pedí a dios que te diese otro cuando volvieras". El hombre trató de acariciar la cabeza de su hijo, pero sus dedos transparentes lo atravesaron sin rozarlo. "No te preocupes", contestó, "a mí me gusta éste".

El capitán

"Serpientes marinas", dijo el hombre de barba canosa, "seis serpientes de escamas azules, irisadas, con grandes colmillos y colas puntiagudas; serpientes carnívoras, feroces, ¿dónde podría encontrarlas?"
El vendedor le miró con fijeza, midiéndole en silencio. Había entrado en la tienda poco antes del cierre, apagando a su paso los ladridos de los cachorros y el canto de los periquitos que apuraban las últimas horas de sol. Lucía un traje gris de corte impecable, pero su cabello alborotado y su piel morena hablaban de océanos lejanos y puertos desconocidos, de tesoros submarinos y olas gigantescas que podrían arrasar ciudades. El hombre abarcó de una mirada el contenido de las jaulas y peceras, y entonces planteó su extraña petición. Serpientes marinas. Azules. Feroces. El vendedor tragó saliva antes de responder.
"¿Para qué las quiere?"
El capitán, porque tenía que tratarse de un capitán de barco, un almirante o un pirata al menos, clavó en él sus pupilas negras, y se ajustó la corbata con un gesto brusco. Al hacerlo, un destello verde refulgió brevemente en su dedo meñique. Una piedra brillante, una esmeralda, quizá.
"Para qué las quiero no es asunto suyo. ¿Puede conseguírmelas, sí o no?", replicó con voz ronca.
El dependiente negó con la cabeza. Jamás había oído hablar de serpientes de esa clase, pero aquel viejo parecía estar seguro de su existencia. Se preguntó qué otras criaturas imposibles había contemplado. O qué monstruosa deidad marina se proponía dar caza con la ayuda de semejantes mascotas. El tintineo de la puerta le despertó de su ensimismamiento. El capitán se marchaba.
"¡Señor, espere!", consiguió gritar.
El viejo se volvió. Los primeros rayos de luna hacían refulgir su cabello blanco como el de un héroe de leyenda. Sin dejar de sujetar la puerta, le miró interrogante.
"Lléveme con usted", susurró el vendedor.
Tras unos segundos eternos, la puerta se cerró sin hacer ruido.

Beso

El joven desnudo parpadeó con desconcierto y, saliendo del agua, miró a la rana que se retorcía en la orilla, nerviosa. “No lo entiendo”, dijo consternado, “¿qué ha podido salir mal?”

¡Olé!

Quien la sigue la consigue, que dicen por ahí. Mañana martes, sobre las 10.30, podréis escuchar mi voz temblorosa en "Hoy por hoy", mientras el jurado de "Relatos en cadena" delibera sobre mi microcuento y el de los otros dos finalistas. ¡Deseadme suerte!!
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Actualizo para dejaros aquí el cuentito en cuestión. Al final solo quedé finalista, pero la ilusión no me la quita nadie. ¡Besos a todos!

Cerré la puerta sin hacer ruido y fui a acostar a los niños. Miré fijamente sus cinco caritas redondas, tan diferentes entre sí. Después, me acerqué a la habitación. Marga dormía, agotada tras nuestra última discusión. Las huellas de sus lágrimas aún eran visibles en la penumbra del cuarto. Deseaba una hija, me había dicho durante la cena, estaba harta de vivir rodeada de hombres. Suspiré, y saqué mi viejo traje del armario. Había llegado a pensar que no volvería a necesitarlo. Me coloqué el pasamontañas y besé suavemente su rostro antes de salir. Esta vez escogí un vecindario aislado. Y un saco más pequeño.

Runas

Jamie aprieta con fuerza la mano de su abuelo mientras el anticuario da vueltas a la esfera metálica y pasea la lupa por su superficie. “No es oro”, concluye tras unos minutos, “pero las runas que tiene grabadas son interesantes, tal vez aztecas o mayas…” El anticuario, un hombre menudo y miope, acaricia el metal ajado, arrancando débiles destellos. Jamie guarda silencio y el abuelo carraspea, incómodo. “¿Dónde la encontraron?”, inquiere el anticuario. “El chico la descubrió”, responde el anciano, “estaba cavando en el patio trasero del rancho. Iba a enterrar a su perro, ¿sabe? Anoche un coyote se coló por nuestra valla”.

Despertar (II)

Llevabas muerta cinco días, pero tu belleza permanecía intacta tras el cristal empañado del congelador. Nunca supe cómo tus hermanos consiguieron bajarte al sótano y auparte ahí dentro, el mayor apenas tenía siete años. Me suplicó entre lágrimas que hiciera algo, estaban a punto de cortaros la luz, pero yo sólo podía mirar tu rostro helado, tus labios como cerezas maduras que decidí devorar allí mismo, sin contemplaciones. Me arranqué el mono de trabajo, tu cuerpo entró en calor con mis embestidas. No recuerdo en qué momento abriste los ojos, sin beso de por medio. Algún día, cuando salga de la cárcel, viviremos felices.

Desmemoria

Por lo menos, para las mujeres tiene mejor gusto que para la ropa. En cuanto ha esquivado al portero, se ha ido derecho hacia la hija de la duquesa, tan guapa y tan inocente ella, con esa carita blanca de camafeo victoriano. Le daré unos minutos para que se presente y la corteje un poco. Después, lo sacaré discretamente por la puerta de la cocina. Menudo chaqué se ha puesto hoy con el pijama, parece un viejo dandy. El pobre ya no recuerda que sus tiempos han pasado, que es demasiado mayor para vivir de gigoló. Suavemente, le toco en el hombro. “Por fin te encuentro, papá. Vámonos a casa”.